El domingo maldito, de Manolo Rodríguez.

El domingo 13 de abril de 1986 el Betis visitaba el estadio Carranza para enfrentarse al Cádiz en la penúltima jornada del Campeonato de Primera División. Un encuentro dramático para el equipo amarillo en su lucha por conseguir la permanencia, y en la que el Valencia era el principal rival, aunque también el Osasuna estaba implicado.
El equipo rojillo recibía en casa al Atlético de Madrid, mientras que el Valencia jugaba en el Nou Camp el sábado por la noche frente al Barcelona.
Las suspicacias ante el papel que el Betis iba a desempeñar en Cádiz estaban por todas partes. El Betis realmente se jugaba poco, sólo la lucha con el otro equipo de la ciudad por ver quien quedaba por delante, pero en mitad de la tabla. Si el Betis perdía y favorecía al Cádiz, lo que coincidía con el deseo mayoritario de la afición bética, la imagen ante el resto del fútbol no sería buena.
El Valencia perdió contundentemente en Barcelona 3-0, con lo que con el empate el Cádiz se salvaría matemáticamente y el Betis conseguiría un punto básico para quedar por encima del Sevilla. Y eso fue lo que sucedió, al igual que en Pamplona, donde el Osasuna con el empate también se salvó. El Valencia descendió a Segunda después de 55 años continuados en la máxima categoría.
En las páginas de Diario 16 Andalucía el periodista Manolo Rodríguez reflexionaba 5 días antes del partido en Carranza sobre todas estas circunstancias.
A estas alturas nadie puede ser insensible a lo mucho que se juega el domingo el Cádiz en su partido contra el Betis. Está por medio el descenso y todo el mundo conoce lo que significa para una entidad perder la categoría e irse a Segunda.
El asunto, pues, es muy delicado. Y por medio está el Betis. Los verdiblancos, sin comérselo ni bebérselo, están en el ojo del huracán. Otra vez. En esta ocasión con perfiles muy crudos en el propio seno de su club. Porque la afición verdiblanca, y no había más que oír a los leales béticos cuando abandonaban el domingo el Villamarín, están deseando ardientemente que el Cádiz mantenga la categoría. Su condición andaluza, su cercanía a los verde y blanco y su carácter de hermano pobre en la lucha titánica contra el Valencia, han volcado definitivamente las simpatías de Heliópolis. El beticismo está generosamente entregado a la causa amarilla. Pero teme perder, teme ser acusado de haber decidido en la batalla del descenso, teme que se deteriore la imagen de la entidad si alguien denuncia alguna componenda. Sobre todo, porque entre los béticos hay mucha sensibilidad a estas situaciones “raras”, que ya en el 78 mandaron al equipo a Segunda.
Entre estas incertidumbres se debate la hinchada verdiblanca. Todos miran al domingo como si fuera una fecha maldita en la que difícilmente pudieran conciliarse los deseos y las realidades. Por ello, es más conveniente que nunca proclamar la auténtica verdad del fútbol. Su legítima grandeza, que radica en la profesionalidad sin fisuras de la mayor parte de la gente que se dedica a este mundo. Con esta profesionalidad por bandera es posible hacer una lectura sosegada de los acontecimientos, proclamando primero que el Cádiz no se va a jugar su permanencia solo en los 90 minutos del domingo, sino que su éxito o su fracaso habrá sido la suma final de toda una campaña.
Por otro lado, y en lo que respecta al Betis, quizá el único ruego que debiera hacérsele a sus hombres es que jueguen un partido más en el Ramón de Carranza. Un choque liguero al que los verdiblancos no deben buscarle otros perfiles. Después, sobre la hierba, pasará lo que deba pasar, lo que sean capaces de demostrar los equipos que disputen los puntos. Ni más ni menos, ni menos ni más. Será la única forma de fundir los pensamientos y las ansias. De luchar por una camiseta y por un club al mismo tiempo que se desea con todo el alma que el rival evite el sufrimiento.
