Er Beti, de José Montoto.

En mayo de 1966 el Betis realizó una de esas hazañas que han destacado a lo largo de su historia. El equipo había descendido a Segunda División a comienzos de abril en La Rosaleda, con un gol encajado en el último minuto de partido y que fue muy protestado por los jugadores béticos ante el colegido Plaza Pedraz. Ya llovía sobre mojado por la actuación arbitral de Gardeazábal Garay en el partido anterior en el Villamarín frente al Sevilla.
Tras esa dura realidad, el equipo embocó las eliminatorias de la Copa, dejando en el camino al Oviedo y al Espanyol, para cruzarse en los cuartos de final con un Real Madrid recién proclamado campeón de Europa por sexta ocasión. Pocos daban alguna chance en la eliminatoria a favor del Betis, pese a que en el partido de ida se impuso 3-2 en Heliópolis. Sorprendentemente en el encuentro de vuelta en el Villamarín el Betis fue capaz de eliminar el equipo blanco, tras perder 1-0 en los noventa minutos, mantener un 2-1 tras la media hora de prórroga y lograr el empate a 2 en el minuto 149 que clasificó al equipo verdiblanco para las semifinales.
En las páginas de El Correo de Andalucía el periodista José Montoto, en su sección Pajaritas de Papel, glosaba este sonado triunfo bético.
Ya sé que lo correcto sería escribir el Betis. Pero, si eso sería lo correcto en el orden gramatical, en él futbolístico el héroe ha sido er Beti, porque con este nombre se hizo popular y actuando como tal logra sus grandes triunfos. El Betis no me gusta. A mí me gusta er Beti.
Es sevillano puro. Tiene los altibajos de los grandes toreros de esta tierra. Como Rafael el Gallo, como Cagancho, como Chicuelo, como Pepe Luis, como Curro Romero, el Betis es desigual y sorprendente. Corta orejas de toros muy difíciles, y a veces oye avisos en toros que no ofrecen una dificultad.
Er Beti, a mi juicio, es un guasón. Se deja ir, sin darle a la cosa importancia mayor, y, como los estudiantes perezosos, lo deja todo para final de curso, confiado en dominar la asignatura en los días postreros. Este año cobró fama de estudiante malísimo, y eso le ocasionó un tropiezo bien grave. Porque en eso estribó el final adverso: en que esa mala fama inspiró un rigor excesivo al juzgarle en un par de ejercicios, y le dieron un cate que en rigor no se había merecido. Y es porque si er Beti es un guasón, hay árbitros con “guasa”. Y Dios nos libre de los que tienen “guasa”.
Dicen sus partidarios –yo no lo soy, porque no sé de fútbol ni un pimiento–que viva er Beti manque pierda. Y digo yo, qué dirán ahora que ganó esta batalla tan brillante. Eliminar al campeón de Europa no es ahí cualquier cosa; combatir briosamente en dos partidos con unas cuantas prórrogas, y salir imbatido del estadio contrario es como esas faenas memorables que hacían los toreros ya citados, cuando creía el público que estaban acabados y en fracaso total.
El Betis es un guasón de tomo y lomo. ¿Con qué acabados ya? ¿Con qué en Segunda? se conoce que se dijo. Para añadir después: ahora verás de lo que yo en Segunda soy capaz. Y se fue al Bernabéu, se enfrentó con el más afamado de Primera, y por poco está allí todavía: 149 minutos, que son dos horas y media, de pelea deportiva sin que un equipo tan potente, a pesar de las prórrogas y de estar en su campo, lo pudiese vencer.
Y es lo que decía en un principio: del Betis, como Betis, no me fío.
¡Pero cuando se acuerda de que se llama er Beti¡… Cuando se acuerda de eso, es otra cosa ya.
