Lubo Penev, en cuidados intensivos, de Francisco Correal.

El futbolista búlgaro Luboslav Penev ha sido uno de los grandes delanteros de la historia valencianista. Llegado al equipo ché con 23 años desde el CSKA Sofía, se convirtió en el eje del ataque durante la primera mitad de la década de los 90. Un cáncer testicular paró de forma abrupta su carrera a comienzos de 1994, aunque volvió a los terrenos de juego a finales de octubre de ese mismo año.
Pero volvió a ser el mismo después de una dura adaptación y de fajarse en los terrenos de juego, una tarea que no fue nada fácil. Como ejemplo el partido jugado en el Villamarín el 6 de noviembre de 1994, apenas una semana después de su vuelta a los terrenos de juego, en el que se alineó de inicio pero fue sustituido por Eloy en el minuto 59, pasando por el terreno verdiblanco sin pena ni gloria.
Así lo recogió el periodista Francisco Correal en su sección Marcaje al hombre en las páginas de Diario 16 Andalucía al día siguiente al encuentro.
Estuvo a punto de abandonar el fútbol por una misteriosa enfermedad y el fútbol ha estado a punto de abandonarlo a él. Deportivamente hablando, Luboslav Penev sigue en cuidados intensivos. En la UCI del desencuentro con sus innatas y depredadoras virtudes balompédicas. En la piscifactoría del Turia, este búlgaro era un tiburón de mortíferas acometidas; ayer, el escualo se había convertido en una ballena varada, en un paquidermo marino. Despiadadamente lento, torpe, casi amnésico con su propio pasado futbolístico.
Parreira debió sacarlo para que reeditara el gol del cojo, pero Roberto Ríos, en la particular reedición de un duelo entre gigantes propio de la NBA, le embargó las muletas en los primeros compases de un marcaje que no tuvo color. El búlgaro no era un gigante, sino un molino con las aspas oxidadas.
Su tío, el seleccionador búlgaro Dimitar Penev, confía en Lubo para hacer grandes cosas en la Eurocopa de Inglaterra.
Los tíos. Una educación familiar que se empieza a echar en falta con los índices de recesión demográfica. Ruiz de Lopera, que no tiene hijos, es en cierta forma el tío de todos los béticos, que lo aclaman como don Manuel a modo del indiano que hubiera regresado después de haber hecho fortuna en Barranquilla o en Valparaíso. El tío es un personaje fundamental en el cine de Jacques Tati, en la novelística de Graham Green, Viajes con mi tía; sendos tíos fueron inductores para que Javier Bardem o Antonio López se convirtieran en el mejor actor y el mejor pintor de España respectivamente. El sobrino Luboslav fue un artista en los dominios valencianos de Carmen Alborch pero todavía no reina en Sofía.
Cuando Parreira decidió su permuta por Eloy Olalla, tras una desafortunadísima actuación, el público, siempre hostil a los futbolistas foráneos, lo despidió con una gran ovación. El sobrino es un buen tío y le ha ganado una dura batalla a la adversidad. Ha salido del túnel, pero todavía no ha encontrado la claridad.
Antes de su enfermedad, Penev era de los que disparaba y después preguntaba. Su físico era engañoso y siempre le ganaba la partida a esa armadura de grandullón que siempre le acompaña. Ahora se lleva muy mal consigo mismo, su cuerpo es su peor aliado, no regatea a nadie y apenas entra en juego.
Se pasó medio partido ajustándose los cordones de las calzonas, las medias, la camiseta. Era el síntoma inequívoco de que todavía es un inadaptado, de que no ha superado el enigma de Gaspar Hauser.
Tardó veintiséis minutos en devolver un balón en condiciones, del que fue beneficiario Fernando, que a la postre sería el autor del gol del empate. Hasta entonces, todos sus envíos fueron al contrario, desaprovechó sendas paredes con Álvaro y Mijatovic y pecó de lentitud cuando el montenegrino le entregó con esa pierna izquierda, que es más guante que pie, un balón de gol que controló sin problemas Jaro.
Roberto Ríos le quitó cuántos balones llegaban a sus inmediaciones, incurriendo en dos faltas que irritaron sobremanera al búlgaro; Josete le birló un servicio aéreo; Jaime lo dejó con el culo al aire en un palmo de terreno. No disparó ni una sola vez a puerta, no superó en el cuerpo a cuerpo a ningún rival. Su trayectoria es tan impresionante, sus goles pretéritos han sido tan hermosos, que todo eso apenas importa. Los relevante es su vuelta a la jungla-
El capitán fue el segundo en abandonar el barco. Engonga lo hizo en el descanso. Fue su sustituto, Eloy, el artífice del gol. Ayer, Penev era un espectro, el retrato de Dorian Gray. Lo dice el tópico: no hay enemigo pequeño, todos son grandes, incluido el propio enemigo interior, no el de Franco sino el de Freud, el que impide que uno sea el que fue y se le reconozca en los ecos añejos de la gloria. Entre búlgaro y vulgar no hay sino milímetros en el teclado del ordenador.
