Merino, víctima del teatro, de Francisco Correal.

El 13 de enero de 1996 en el Villamarín el Betis derrotó 3-0 al Valladolid con 2 goles de Pier y 1 de Kowalczyck, todos ellos marcados en los 7 minutos finales del encuentro. Un Valladolid, colista, que se atrincheró en su área y que estuvo cerca de salir indemne del recinto heliopolitano. Pronto, minuto 11, fue expulsado Ania por doble amonestación, y en el minuto 29 el colegiado Daudén Ibáñez compensó la expulsión anterior echando con roja directa a Juan Merino por una entrada sobre Benjamín que éste magnificó revolcándose por el suelo.
Al día siguiente a Juan Merino, víctima del teatro, le dedicó su artículo en Marcaje al Hombre, en las páginas de Diario 16 Andalucía, el periodista Francisco Correal.
Pocos jugadores salen con su capacidad de concentración. No se sabe muy bien si Juan Merino está dentro del partido o el partido está dentro de este linense de 25 años. Si la primera de las premisas no se cumplió del todo y Merino quedó a su pesar fuera del partido, fue por la poca ecuanimidad de Daudén Ibáñez y la mucha teatralidad de Benjamín Zarandona Esanu en un lance que le costó la expulsión. Eso es distanciamiento brechtiano y lo demás es tontería.
Es Merino un líder no catalogado como tal. No ejerce ningún tipo de capitanía, pero lleva los galones en el alma. Vive el partido con una intensidad espartana. Valdano ha descubierto en su vestuario a futbolistas burgueses. Si escudriñara la actitud de este hombre en el campo, descubriría el encanto del proletariado. En el fútbol, como en la vida, hay gente que consigue el trabajo a base de prestigio, el periodismo que dirían los argentinos; Merino, que en los primeros compases del campeonato no iba ni convocado, se ha ganado el prestigio a base de trabajo. Sus redaños son sus principales padrinos.
Una pena la expulsión, porque ayer madrugó en pleno atardecer con ganas de marcar un gol. Subió en cuantas ocasiones lo permitió su entendimiento defensivo con Jaime y con Vidakovic. En la olla pucelana Pier le daba la bienvenida al club de los delanteros y allí se dedicaba a buscar espacios para incrementar su exigua cuenta goleadora bautizada en Vallecas.
Delante, con la vista puesta atrás–el artista nunca se desentiende del obrero, cual modelo de Diego Rivera—en las faltas o saques de esquina servidos por Robert Jarni pasa por la frontera de cuerpos contrarios. Es trepidante su incursión. Parece estar perdido en el laberinto de espejos que colocan en las ferias.
Le hace una falta a Peternac para evitar problemas. Va bien por alto y por bajo. El Betis lo fichó por error. Bueno, el error hubiera sido no ficharlo. Julio Cardeñosa fue a La Línea para espiar a un compañero de Merino en el Zabal, equipo de la localidad campogibraltareña. Cuando vio al ahora de defensa bético, que entonces lucía una melena de escarabajo gaditano, cambio de planes. El padre del futbolista, cuya muerte convirtió en tragedia el drama de caer con el Deportivo en la promoción, escuchó la oferta por su hijo mientras cosía redes en la Atunara.
De la geografía natural de la Balona, Merino se incorporó a un Betis en fase terminal. El aprendizaje de los fracasos le convierte en hombre utilísimo para rentabilizar los éxitos.
Su expulsión y la entrada en el campo de Roberto Ríos por Luis Márquez dejaban al Betis sin los últimos flecos de aquel equipo “cazallero” que entrenaba un tal Jarabinsky, apellido idóneo para lo que fue antaño un galimatías balompédico.
Particularmente hermosos en su breve presencia en el campo fueron los duelos puntuales con un rival procedente del mismo litoral gaditano. Merino hizo de Góngora para taparle los huecos y ganarle la partida a Quevedo, que con la expulsión de aquel encontró el regalo de un pasillo que no acabó de aprovechar.
