No hay enemigo, pequeño, de Francisco Correal.

El 21 de diciembre de 1986 Betis y Sevilla protagonizaron el derbi de la jornada 19 del Campeonato de Liga de Primera División, Fue una temporada muy rara, aquella en que los 18 clasificados tras las dos vueltas reglamentarias se dividieron en 3 grupos de 6 equipos, uno para la lucha por el título, otro para eludir los puestos de descenso y un tercero para nada, precisamente el grupo en el que quedaron encuadrados los dos rivales sevillanos.
Así pues, una temporada larga y tediosa. Como tedioso fue este segundo enfrentamiento liguero, que concluyó con empate a 0 y en el que el público se aburrió soberanamente.
Todas estas inquietudes se reflejan en el artículo del periodista Francisco Correal, publicado en su sección Grada y Palco, en las páginas de Diario 16 Andalucía, en donde detallaba y relataba este derbi venido a menos en la hierba, aunque en la grada sí hubo el pique, calor y colorido de este tipo de encuentros.
Las rencillas entre hermanos siempre son bastante aburridas. Como precedentes gloriosos se pueden referir la cincuentenaria guerra civil o “Lo que el viento se llevó”. También se inscriben en este fraternal capítulo del tedio la fundación de Roma, la fuga de Neus Soldevilla y el deshermanamiento de la Coalición Popular.
El derbi futbolístico que paraliza Sevilla no iba a ser una excepción. El contraste entre la leyenda y la realidad, entre las vísperas grandilocuentes y el pitido final, es tan notorio que será precisosión que será preciso inventarse nuevas dicotomías, un fratricidio que acabe con el cerocerismo y el bostezo a domicilio.
La batalla estuvo, como siempre, muy animada en la retaguardia. Lanceros, palafreneros, acemileros y transportistas de la pólvora peleaban con denuedo, ignorando que en las primeras filas de la contienda su lucha era convertida en abulia por los guerreros mejor pagados, por la élite de la tropa, gladiadores de alta escuela que resumen su oficio en el predicado de sudar la camiseta.
Chupes y biris. Buenos vasallos si hubiera buen señor. Sudar la camiseta. Veleidades sobaqueras, arte de lavandería. El derbi se ha convertido en rutina, en un hito laico del calendario mariano. La emoción ha sido sustituida por una dialéctica fingida de enfrentamiento, por un conflicto presentado como guerra del fin del mundo y convertido en vulgar escaramuza. El fútbol es la continuación de la guerra por otros medios, hazañas béticas y stukadas sevillistas traducidas en empate sin goles, eufemismo y tapadera del fracaso, consuelo tan eficaz como un genocidio sin víctimas.
Lo único que se sacó en claro del Benito Villamarín es que Ramón rima con Calderón, dioses de barro para un mester de clerecía de andar por casa. En la grada se habló de Guruceta, de Ángela Channing y de los goles que aparecían por la celosía electrónica que ciega el rotulo del Instituto de la Grasa. Reparto de puntos y de mediocridades, equivalencia de ceros, como si la nada viera su rostro fantasmal reflejado en el espejo del marcador. Si Betis y Sevilla son eternos rivales, Dios nos coja confesados. Al credo balompédico le salen agnósticos cada domingo y Severiano Ballesteros con estos pelos.
El enésimo Betis Sevilla ha sido una nueva demostración de que las guerras ya no son lo que eran. Antes se repetía una y mil veces que no había enemigo pequeño. Ahora solo se emociona el vendedor de salchichas con la desesperada demanda de esas fálicas viandas.
Históricamente, cuando la tropa descubría que los coroneles se dedicaban más a la diplomacia que a su cruenta encomienda, la cosa terminaba en revolución o en tiranía. Estos dioses calcicortos deben estar locos. Qué diría el autor de un espectáculo teatral del que la crítica destacará la gran actuación de la clac y la diligencia sin par del acomodador. Ya no hay enemigo, pequeño.
La grada respondió, las banderas fueron ondeadas con esmero y buen gusto, la horterada de las bengalas fue particularmente emotiva y se aplaudieron los movimientos de banquillo. Para peleas entre hermanos, uno se queda con los Karamazov. Los payasos de la tele repartieron copiosa publicidad de su carpa. Contaron con el desinteresado apoyo del respetable, que combatió el tedio con la copla: “Dale Ramón, Dale Ramón…” Dicen que algo parecido escribió Espronceda.
