{"id":14408,"date":"2011-09-18T06:57:59","date_gmt":"2011-09-18T05:57:59","guid":{"rendered":"http:\/\/www.manquepierda.com\/historiarealbetis\/?p=14408"},"modified":"2011-09-13T21:02:35","modified_gmt":"2011-09-13T20:02:35","slug":"de-chilena-de-eduardo-sacheri","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.manquepierda.com\/historiarealbetis\/de-chilena-de-eduardo-sacheri\/","title":{"rendered":"De chilena, de Eduardo Sacheri"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/www.manquepierda.com\/historiarealbetis\/files\/2011\/09\/chilena.jpg?ssl=1\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-14410\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/www.manquepierda.com\/historiarealbetis\/files\/2011\/09\/chilena.jpg?resize=273%2C185&#038;ssl=1\" alt=\"\" width=\"273\" height=\"185\" \/><\/a><\/p>\n<p>El relato de esta semana corresponde al escritor argentino Eduardo Sacheri. En \u00e9l, un enfermo terminal y su hermano recuerdan con una simple mirada un hecho de sus infancias, que marca un paralelismo con el presente.<\/p>\n<div>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><em>Ayer a Anita se la llevaron un rato largo a firmar un mont\u00f3n de papeles. Al volver, ella dijo que no hab\u00eda entendido muy bien, porque eran muchos formularios distintos, con letra chica y apretada. Supongo que me habr\u00e1 mirado varias veces, buscando un gesto que le calmara las angustias. Pero yo estaba de un \u00e1nimo tan sombr\u00edo, tan espantado por el olor a cat\u00e1strofe en ciernes, que evit\u00e9 con cierto \u00e9xito el cruce inquisitivo de sus ojos.<\/em><\/p>\n<p><em>Los doctores dicen que, pr\u00e1cticamente, no hay manera casi de que salgas de \u00e9sta. Y lo dicen muy serios, muy calmos, muy convencidos. Con la parsimonia y la lejan\u00eda de quienes est\u00e1n habituados a transmitir p\u00e9simas noticias. El m\u00e1s claro, el m\u00e1s sincero, como siempre, fue Rivas, cuando sali\u00f3 a la tarde tempranito de revisarte. Cerr\u00f3 la puerta despacio para no hacer ruido, y le dijo a Anita que lo acompa\u00f1ara a la sala del fondo y la tom\u00f3 del brazo con ese aire grave, casi de p\u00e9same anticipado. Yo me levant\u00e9 de un brinco y me fui con ellos, pobre Anita, para que no estuviera sola al escuchar lo que el otro iba a decirle.<\/em><\/p>\n<p><em>Rivas estuvo bien, justo es decirlo. Nos hizo sentar, nos sirvi\u00f3 t\u00e9, nos explic\u00f3 sin prisa, y hasta nos hizo un dibujito en un recetario. Anita lo toler\u00f3 como si estuviera forjada en hierro. Y te digo la verdad, si yo no me quebr\u00e9 fue por ella. Yo pensaba \u00bfc\u00f3mo me voy a poner a llorar si esta piba se lo est\u00e1 bancando a pie firme? Cuando Rivas termin\u00f3, supongo que algo intimidado ante la propia desolaci\u00f3n que hab\u00eda desnudado, Anita, muy seria y casi tranquila (aunque me ten\u00eda aferrado el brazo con una mano que parec\u00eda una garra, de tan apretada), le pidi\u00f3 que le especificara bien cu\u00e1les eran las posibilidades. El m\u00e9dico, que garabateaba el dibujo que hab\u00eda estado haciendo, y que hab\u00eda hablado mirando el escritorio, levant\u00f3 la cabeza y la mir\u00f3 bien fijo, a trav\u00e9s de sus lentes chiquitos. \u00abEs casi imposible\u00bb. As\u00ed nom\u00e1s se lo dijo. Sin atenuantes y sin pre\u00e1mbulos. Anita le dio las gracias, le estrech\u00f3 la mano y sali\u00f3 casi corriendo. Ahora quer\u00eda estar sola, encerrarse en el ba\u00f1o de mujeres a llorar un rato a gritos, pobrecita. Yo estaba como si me hubiera atropellado un tren de carga. Me dol\u00eda todo el cuerpo, y ten\u00eda un nudo bestial en la garganta. Pero como Anita se hab\u00eda portado tan bien, me sent\u00ed obligado a guardar compostura. Le di las gracias por las explicaciones, y tambi\u00e9n por no habernos mentido in\u00fatilmente. Ah\u00ed \u00e9l se afloj\u00f3 un poco. Hizo una mueca parecida a una sonrisa y me dijo que lo sent\u00eda mucho, que iba a hacer todo lo posible, que \u00e9l mismo iba a conducir la operaci\u00f3n, pero que para ser sincero la ve\u00eda muy fulera.<\/em><\/p>\n<p><em>A la tarde, la familia en pleno gan\u00f3 tu habitaci\u00f3n y despleg\u00f3 un aquelarre lastimoso. Todos daban vueltas por la pieza, casi neg\u00e1ndose a irse, como si qued\u00e1ndose pudieran torcer al destino y enderezarte la suerte. Vos segu\u00edas en tu sopor distante, en esa modorra quieta que te hab\u00eda ido ganando con el transcurso de los d\u00edas. Ni siquiera comer quer\u00edas. Dorm\u00edas casi todo el d\u00eda. Con Anita apenas cruzabas dos palabras. Y a m\u00ed te me quedabas mirando fijo, como sabiendo, como esperando que yo me aflojara y terminara por desembuchar todo lo que me dijo Rivas y que a vos te cont\u00e9 nom\u00e1s por arriba para que no te asustases. Cuando me clavabas los ojos yo miraba para otro lado, o sal\u00eda disparado con la excusa de irme a fumar al ba\u00f1o del corredor. Y encima ese c\u00f3nclave familiar que armamos sin propon\u00e9rnoslo, pero que tampoco fuimos capaces de ahorrarte. Ayer estaban todos: pap\u00e1, Mirta, Jos\u00e9, el Cholo, y hasta la madre de Anita que no tuvo mejor idea que traer a los chicos para que te saludaran. Menos mal que a Diego y a su mujer los ataj\u00e9 a tiempo saliendo del ascensor y los despach\u00e9 de vuelta. Ven\u00edan con cara de p\u00e1nico, como queriendo rajar en seguida. As\u00ed que les di las gracias por pasar y les evit\u00e9 el mal trago.<\/em><\/p>\n<p><em>Despu\u00e9s lleg\u00f3 la hora macabra del atardecer. No hay peor hora en un hospital que \u00e9sa. La luz mortecina estallando en el vidrio esmerilado. El olor a comida de hospicio col\u00e1ndose bajo las puertas. Los tacos de las mujeres alej\u00e1ndose por el corredor. La ciudad calm\u00e1ndose de a poco, ladrando m\u00e1s bajo, con menos estridencia, dejando a los enfermos sin siquiera la est\u00fapida compa\u00f1\u00eda de su bullicio.<\/em><\/p>\n<\/div>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<div>\n<p><em>Para entonces, la pieza era un velorio. Faltaba s\u00f3lo la luz de un par de cirios, y el olor marchito de las flores tristes. Pero sobraban caras largas, susurros culposos, miradas compasivas hacia tu lecho. Justo ah\u00ed fue cuando abriste los ojos. Yo pens\u00e9 que era una desgracia. Anita trataba de convencerlo a pap\u00e1 de que se volviera a Quilmes, y \u00e9l porfiaba que de ninguna manera. Mirta hojeaba una revista con cara de boba. Jos\u00e9 te miraba con expresi\u00f3n de \u00abque en paz descanse\u00bb. Era cosa de que si hasta ese momento no te hab\u00edas dado cuenta, de ahora en adelante no te quedase la menor duda de lo que estaba pasando. Y vos miraste para todos lados, levantando la cabeza y tensando para eso los m\u00fasculos del cuello. Se ve que te costaba, pero te demoraste un buen rato en vernos a todos, y al final me miraste a m\u00ed y yo no sab\u00eda qu\u00e9 hacer con todo eso. Yo tem\u00eda que me dijeras ven\u00ed para ac\u00e1 y cont\u00e1melo todo, pero en cambio me dijiste dame una mano para levantar un poco el respaldo. Y mientras yo le daba a la manija a los pies de la cama de hierro, vos le ordenaste a Mirta que encendiera la luz, que no se ve\u00eda un pepino. Con la luz prendida todos se quedaron quietos, como descubiertos en medio de un acto vergonzoso y hasta imperdonable, como inc\u00f3modos en la ruptura de ese ensayo general de velorio inminente.<\/em><\/p>\n<p><em>Y para colmo, como para ponerlos a\u00fan m\u00e1s en evidencia, como para que nadie se confundiera antes de tiempo, empezaste a dar \u00f3rdenes casi gritando, estirando el brazo con el suero que bailaba con cada uno de tus ademanes, que vos pap\u00e1 te vas a casa, que vos Jos\u00e9 te la llev\u00e1s a Mirta que para leer revistas bastante tiene en su propio living, que ya mismo alguien se ocupa de darle de cenar a Anita o se va a caer redonda en cualquier momento, y que se dejan de joder y me vac\u00edan la pieza. Tu voz tron\u00f3 con tal autoridad que, en una fila sumisa y monocorde, fueron saliendo todos. Y cuando yo me dispon\u00eda a seguirlos sin mirar atr\u00e1s, me frenaste en seco con un \u00abvos te qued\u00e1s ac\u00e1 y cerr\u00e1s la puerta\u00bb. Como un chico que trata de pensar r\u00e1pido una disculpa veros\u00edmil, gan\u00e9 el tiempo que pude moviendo el picaporte con cuidado, corriendo las cortinas para acabar de una vez por todas con la luz moribunda de las siete, pateando y volviendo a su lugar la chata guarecida bajo la cama. Pero al final no tuve m\u00e1s remedio que sentarme al lado tuyo, y encontrarme con tus ojos pregunt\u00e1ndome. Te lo cont\u00e9 todo. Primero trat\u00e9 de ser suave. Pero despu\u00e9s supongo que me fui aflojando, como si necesitara hablar con alguien sin eufemismos tontos, sin buscar y rebuscar atenuantes tranquilizadores, sin inventar al voleo ejemplos cre\u00edbles de sanaciones milagrosas. Te relat\u00e9 cada uno de los diagn\u00f3sticos sucesivos, el in\u00fatil anecdotario del periplo de locos de los \u00faltimos dos meses, el puntilloso p\u00e9same velado de los especialistas.<\/em><\/p>\n<p><em>Vos te tomaste tu tiempo. Llorabas mientras yo segu\u00eda el mon\u00f3tono detalle de nuestra pesadilla. Llorabas con l\u00e1grimas gruesas, escasas, de esas que a veces sueltan los hombres. Despu\u00e9s, cuando por fin me call\u00e9, cerraste los ojos y estuviste un largo rato respirando muy hondo. Yo empec\u00e9 a levantarme de a poquito, casi sin ruido, como para dejarte descansar, queriendo convencerme de que te hab\u00edas dormido. Y ah\u00ed pas\u00f3. Te incorporaste en la cama con tal violencia que casi me tumbas de nuevo a la silla del susto. Me agarraste casi por el cuello, haciendo un gui\u00f1apo con mi camisa y mi corbata, y miraste al fondo de mis ojos, como buscando que lo que ibas a decirme me quedara absolutamente claro. Tu cara se hab\u00eda transformado. Era una m\u00e1scara iracunda, orgullosa, llena de broncas y rencores. Y tan viva que daba miedo. Ya no quedaban en tu piel rastros de las l\u00e1grimas. S\u00f3lo ten\u00edas lugar para la furia. En ese momento me acord\u00e9. Te juro que hac\u00eda veinte a\u00f1os por lo menos que aquello ni se me pasaba por la cabeza. Parece mentira c\u00f3mo uno, a veces, no se olvida de las cosas que se olvida. Porque cuando me miraste as\u00ed, y me agarraste la ropa y me la estrujaste y me sacudiste, el dique del tiempo se me hizo trizas, y el recuerdo de esa tarde de leyenda me ahog\u00f3 de repente. Ahora, en el hospital, no dijiste nada. Como si fuesen suficientes las chispas que sal\u00edan de tus ojos, y el rojo furioso de tu expresi\u00f3n crispada. Aquella vez, la primera, cuando me agarraste, tambi\u00e9n era casi de noche. Y tambi\u00e9n yo estaba cagado de miedo. Me hab\u00edas mirado fijo y me hab\u00edas gritado: \u00abTodav\u00eda no perdimos, entend\u00e9s. Vos ataj\u00e1lo y dej\u00e1me a m\u00ed\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>Jug\u00e1bamos de visitantes, contra el Estudiantil, en cancha de ellos. La pica con el Estudiantil era uno de esos nudos de la historia que, para cuando uno nace, ya est\u00e1n anudados. Lo \u00fanico que le cabe al reci\u00e9n venido al mundo, si naci\u00f3 en el barrio, es tomar partido. Con el Estudiantil o con el Belgrano. Sin medias tintas. Sin chance alguna de escapar a la disyuntiva. De ah\u00ed para adelante, el destino est\u00e1 sellado. La l\u00ednea divisoria no puede ser traspuesta.<\/em><\/p>\n<\/div>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><em>Ambos clubes jugaban en la misma Liga, y los dos cruces que se produc\u00edan cada a\u00f1o sol\u00edan tener derivaciones tumultuosas. Para colmo, ese a\u00f1o era m\u00e1s especial que nunca. Nosotros, en un derrotero inusitado para nuestras campa\u00f1as ordinarias, est\u00e1bamos a un punto del campeonato. Quiso el destino que nos tocara el Estudiantil en la \u00faltima fecha. Con cualquier otro equipo la cosa hubiese sido sencilla. Nos bastaba un simple empate, y ning\u00fan osado delantero contrario iba a estar dispuesto a amargarnos la fiesta a cambio de una fractura inopinada, y menos con el verano por delante y el calor que dan los yesos desde el tobillo hasta la ingle. Pero con el Estudiantil la cosa era distinta.<\/em><\/p>\n<p><em>Entre argentinos hay una sola cosa m\u00e1s dulce que el placer propio: la desgracia ajena. Dispuestos a cumplir con ese anhelo folkl\u00f3rico, ellos se hab\u00edan preparado para el partido con un fervor sorprendente, que nada ten\u00eda que ver con el magro d\u00e9cimo puesto en la tabla con el que desped\u00edan la temporada.<\/em><\/p>\n<p><em>Lo malo era que lo nuestro, en el Belgrano, era por cierto limitado: dos wines r\u00e1pidos, un mediocampo ponedor, y dos backs instintivamente sanguinarios, capaces de partir por la mitad hasta a su propia madre, en el caso de que ella tuviera la mala idea de encarar para el \u00e1rea con pelota dominada. Para colmo, de \u00e1rbitro lo mandaron al negro P\u00e9rez, un cabo de la Federal que part\u00eda de la base de que todos \u00e9ramos delincuentes salvo demostraci\u00f3n irrefutable de lo contrario. Un \u00e1rbitro tan mal predispuesto a dejar pasar una pierna fuerte era lo peor que pod\u00eda sucedernos. Igual nos juramentamos vencer o vencer. Tambi\u00e9n nosotros \u00e9ramos argentinos: y darles la vuelta ol\u00edmpica en las narices, y en cancha de ellos, iba a ser por completo inolvidable.<\/em><\/p>\n<p><em>El partido sali\u00f3 caldeado. Nos quedamos sin uno de los backs a los quince del primer tiempo, y si tengo que ser sincero, P\u00e9rez estuvo blando. A los diez minutos el tipo ya hab\u00eda hecho m\u00e9ritos suficientes como para ir preso. Pero su sacrificio no fue en vano: a los delanteros de ellos les habr\u00e1n dolido esos quince minutos, porque despu\u00e9s entraron poco, y prefirieron probar desde lejos. Las gradas eran un polvor\u00edn, y hab\u00eda como doscientos voluntarios listos para encender la mecha. La cancha ten\u00eda una sola tribuna, en uno de los laterales, que estaba copada por la gente de ellos. Los nuestros se api\u00f1aban en el resto del per\u00edmetro, bien pegados al alambrado. Encima el gordo N\u00e1poli, que ten\u00eda al pibe jugando de ocho en nuestro cuadro, les sacaba fotos a los del Estudiantil y, aprovechando los pozos de silencio, para que lo oyeran con claridad, les gritaba las gracias porque las fotos le serv\u00edan para el insectario que estaba armando.<\/em><\/p>\n<p><em>El partido fue pasando como si los segundos fueran de plomo. Yo me daba vuelta cada medio minuto y preguntaba cu\u00e1nto faltaba. Don Alberto estaba pegado al alambre, y me gritaba que me dejara de joder y mirara el partido o me iba a comer un gol pavote. Pero yo no preguntaba por idiota. Preguntaba porque sent\u00eda algo raro en el aire, como si algo malo estuviese por pasar y yo no supiera c\u00f3mo cuernos evitarlo. Cuando terminaba el primer tiempo, mis dudas se disiparon abruptamente: el nueve de ellos me la colg\u00f3 en un \u00e1ngulo desde afuera del \u00e1rea. Sacamos del medio y P\u00e9rez nos mand\u00f3 al vestuario. La hinchada del Estudiantil era una fiesta, y yo ten\u00eda unas ganas de llorar que me mor\u00eda.<\/em><\/p>\n<p><em>Ahora me acuerdo como si fuera hoy. Vos jugabas de cinco, y eras de lo mejorcito que ten\u00edamos. Pero en todo el primer tiempo la hab\u00edas visto pasar como si fueras imb\u00e9cil. Las pocas pelotas que hab\u00edas conseguido, o te hab\u00edan rebotado o se las hab\u00edas dado a los contrarios. Chiche no lo pod\u00eda creer, y te gritaba como loco para hacerte reaccionar. Trataba de que te calentaras con \u00e9l, aunque fuera, como cuando jug\u00e1bamos en la calle. Pero vos segu\u00edas ah\u00ed, mirando para todos lados con cara de est\u00fapido. Siempre parado en el lugar equivocado, tirando pases espantosos, cortando el juego con fules innecesarios.<\/em><\/p>\n<p><em>En el entretiempo el gordo N\u00e1poli guard\u00f3 la c\u00e1mara y nos improvis\u00f3 una charla t\u00e9cnica de emergencia. La verdad es que habl\u00f3 bastante bien. Con su tradicional estilo ampuloso, y sin demorarse en falsas ternuras, nos record\u00f3 lo que ya sab\u00edamos: si perd\u00edamos el partido, y Estudiantil nos sonaba el campeonato, que ni aport\u00e1ramos por el barrio porque ser\u00edamos repudiados con justa raz\u00f3n por las fuerzas vivas de nuestra comunidad belgraniana. Vos segu\u00edas ah\u00ed, sentado en un banco de listones grises, con las piernas estiradas y la cabeza baja. Cuando nos llamaron para el segundo tiempo, tuve que ir a buscarte porque ni a\u00fan entonces te incorporaste. No s\u00e9 si fue el miedo o una inspiraci\u00f3n m\u00edstica y repentina, pero de pronto me vi casi llor\u00e1ndote y pidi\u00e9ndote que me dieras una mano, que no arrugaras, que te necesitaba porque si no \u00edbamos al muere. Se ve que te impresion\u00e9 con tanta charla y tanto brote emotivo (yo que siempre fui tan t\u00edmido), porque despu\u00e9s te levantaste y me dijistesolamente vamos, pero tu tono ya era el tuyo.<\/em><\/p>\n<p><em>El segundo tiempo fue otra historia. Ese se me pas\u00f3 volando. Parece mentira como corre la vida cuando vas perdiendo. Yo ya no preguntaba la hora. Don Alberto nos gritaba que le meti\u00e9ramos pata, que faltaba poco. Y a vos se te hab\u00eda acomodado la croqueta. Todas las que te rebotaban en el primer tiempo, ahora las amansabas y las distribu\u00edas con criterio. En lugar de regalar pelotas pon\u00edas pases profundos, bien medidos. Pero no alcanzaba. Pegamos dos tiros en los palos, y el pibe de N\u00e1poli se comi\u00f3 dos mano a mano con el arquero (que encima andaba inspirado). Y para colmo, a los treinta minutos a m\u00ed me empez\u00f3 de nuevo la sensaci\u00f3n de cat\u00e1strofe inminente.<\/em><\/p>\n<p><em>No andaba mal encaminado. Jugados al empate como est\u00e1bamos, nos agarraron mal parados de contraataque: se vinieron tres de ellos contra el back sobreviviente (Montanaro se llamaba) y yo. La trajo el nueve y cerca del \u00e1rea la abri\u00f3 a la izquierda para el once. Montanaro se fue con \u00e9l y lo ator\u00f3 unos segundos, pero el otro logr\u00f3 sacar el centro que le cay\u00f3 a los pies de nuevo al nueve, y yo no tuve m\u00e1s remedio que salir a achicarle. Parece mentira c\u00f3mo a veces el hombre sucumbe a su propia peque\u00f1ez: si el tipo la toca a la derecha para el siete, es gol seguro. Pero la carne es d\u00e9bil: los gritos de la hinchada, el arco enorme de grande, el sue\u00f1o de ser \u00e9l quien nos enterrase definitivamente en el oprobio. Mejor amagar, quebrar la cintura, eludir al arquero, estar a punto de pasar a la inmortalidad con un gol definitivo, y recibir una patada asesina en el tobillo izquierdo que lo tumb\u00f3 como un hachazo.<\/em><\/p>\n<p><em>P\u00e9rez cobr\u00f3 de inmediato. El petiso segu\u00eda aullando de dolor en el piso, pobre. Pero no me echaron. Tal vez fuese el propio ambiente el que me puso a salvo. En efecto, se respiraba una ominosa atm\u00f3sfera de asunto concluido. Ellos se abrazaban por adelantado. Su hinchada enfervorizada se regodeaba en el sue\u00f1o hecho realidad. El gordo N\u00e1poli lloraba aferrado a los alambres. Don Alberto insultaba entre dientes. La verdad es que en ese momento, si me hubiesen ofrecido irme, hubiese agarrado viaje. Intu\u00eda ya el grito feroz\u00a0 que iban a proferir cuando convirtieran el penal. Ya me ve\u00eda tirado en el piso, con esos mugrientos saltando y abraz\u00e1ndose alrededor m\u00edo, pateando una vez y otra la pelota contra la red. Me volv\u00ed a buscar la cara de Don Alberto n medio de los rostros entristecidos. \u00abFaltan tres\u00bb, me dijo cuando nuestros ojos por fin se encontraron. Y era como una sentencia inquebrantable. Ah\u00ed baj\u00e9 definitivamente los brazos. Un dos a cero es definitivo cuando faltan tres minutos y uno es visitante. De local vaya y pase, aunque tampoco. \u00bfC\u00f3mo dar vuelta semejante cosa?<\/em><\/p>\n<p><em>Me fui a parar a la l\u00ednea como quien se dirige al cadalso. Lo \u00fanico que quer\u00eda ahora era que pasara pronto. Sacarme de una vez por todas a esos energ\u00famenos borrachos en la arrogancia de la victoria.<\/em><\/p>\n<p><em>Y entonces ca\u00edste vos. Nunca supe qu\u00e9 hab\u00edas estado haciendo todo ese tiempo. O tal vez fueron s\u00f3lo segundos, que a m\u00ed me parecieron siglos. Pero lo cierto es que cuando levant\u00e9 la cabeza te ten\u00eda adelante. Me agarraste el cuello del buzo y me lo retorciste. Me zarandeaste de lo lindo, mientras me gritabas: \u00ab\u00a1Reacciona, carajo, reacciona!\u00bb. Tu cara met\u00eda miedo. Era una mezcla explosiva de bronca y de rencor y de determinaci\u00f3n y de certeza. La misma que pusiste ayer en la cama, y que me hizo acordar de todo esto. Me miraste al fondo de los ojos, como para que no me distrajera en el batifondo de los gritos y los cohetes y los consejos de tir\u00e1te para ac\u00e1, arquero, tir\u00e1te para el otro lado, pibe. Cuando te aseguraste de que te estaba mirando y escuchando, y teni\u00e9ndome bien agarrado del cuello me dijiste: \u00abAtaj\u00e1lo, Manuel. Ataj\u00e1lo por lo que m\u00e1s quieras. Si vos lo ataj\u00e1s yo te juro que lo empato. Prom\u00e9teme que lo ataj\u00e1s, hermanito. Yo te juro que lo empato\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>Me encontr\u00e9 dici\u00e9ndote que s\u00ed, que te quedaras tranquilo. Y no por llevarte la corriente, nada de eso. Era como si tu voz hubiese llevado algo adherido, como un perfume a cosa verdadera que apaciguaba al destino y era capaz de enderezarlo. De ah\u00ed en m\u00e1s ya fui yo mismo.<\/em><\/p>\n<p><em>Cumpl\u00ed todos los ritos que debe cumplir un arquero en esos casos l\u00edmite. Iba a patearlo Genaro, el dos de ellos, un ta\u00f1o bruto y macizo que sacaba unos chumbazos impresionantes. Me acerqu\u00e9 a acomodarle la pelota, arguyendo que estaba adelantada. La gir\u00e9 un par de veces y la deposit\u00e9 con gesto casi delicado, en el mismo lugar de donde la hab\u00eda levantado. Pero a Genaro le dej\u00e9 la inquietante sensaci\u00f3n de hab\u00e9rsela engualichado o algo por el estilo. Volvi\u00f3 a adelantarse y a acomodarla a su antojo. De nuevo dej\u00e9 mi lugar en la l\u00ednea del arco y repet\u00ed el procedimiento. Pero esta vez, y asegur\u00e1ndome de estar de espaldas al \u00e1rbitro, lo enriquec\u00ed con un escupitajo bien cargado, que deposit\u00e9 veloz sobre uno de los gajos negros del bal\u00f3n. Genaro, francamente ofuscado, volvi\u00f3 hasta la pelota, la restreg\u00f3 contra el pasto, y me denunci\u00f3 reiteradas veces al juez P\u00e9rez. Sabi\u00e9ndome al l\u00edmite de la tolerancia, e intuyendo que el tipo ya iba incubando ganas de asesinarme, volv\u00ed a acercarme con ademanes grandilocuentes. Invoqu\u00e9 a viva voz mis derechos cercenados, y mientras le tocaba de nuevo la pelota le dije a Genaro, lo suficientemente bajo como para que s\u00f3lo \u00e9l me escuchara, que despu\u00e9s de errar el penal mi hermano iba a empatarle el partido, que se iba a tener que mudar a La Quiaca de la verg\u00fcenza, pero que en agradecimiento yo le promet\u00eda que iba a dejar de afilar con su novia. Genaro opt\u00f3 por putearme a los alaridos, como era esperable de cualquier var\u00f3n honesto y bien nacido. P\u00e9rez lo reprendi\u00f3 severamente, y a m\u00ed me mand\u00f3 a la l\u00ednea del arco con un gesto que ya no admit\u00eda dilaciones.<\/em><\/p>\n<p><em>En ese momento empez\u00f3 a rodar el milagro. Me jugu\u00e9 apenas a la izquierda, pero me qued\u00e9 bien erguido: Genaro le pegaba muy fuerte pero sin inclinarse, y la pelota sol\u00eda salir m\u00e1s bien alta. Le dio con furia, con ganas de aplastarme, de humillarme hasta el fondo de mi alma irredenta. Tuve un instante de p\u00e1nico cuando sent\u00ed la pelota en la punta de mis guantes: era tal la violencia que tra\u00eda que no iba a poder evitar que me venciera las manos. De hecho as\u00ed fue, pero hab\u00eda conseguido cambiarle la trayectoria: despu\u00e9s de torcerme las mu\u00f1ecas la pelota se estrell\u00f3 en el travesa\u00f1o y pic\u00f3 hacia afuera, a unos veinte cent\u00edmetros de la l\u00ednea. Me incorpor\u00e9 justo a tiempo para atraparla, y para que los noventa y cinco kilos de Genaro me aplastaran los huesos, la cabeza, las articulaciones. P\u00e9rez cobr\u00f3 el tiro libre y me grit\u00f3: \u00abJuegue\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>No me detuve a escuchar los gritos de alegr\u00eda de los nuestros. Me incorpor\u00e9 como pude y te busqu\u00e9 desesperado. Estabas en el medio campo, totalmente libre de marca: ellos volv\u00edan desconcertados, como no pudiendo creer que tuvieran todav\u00eda que aplazar el grito del triunfo. Te la tir\u00e9 bastante mal por cierto; pero como andabas inspirado la dominaste con dos movimientos. Levantaste la cabeza y se la tiraste al pibe de N\u00e1poli que corri\u00f3 como una flecha por la izquierda. Sac\u00f3 un centro hermoso, bien llovido al \u00e1rea, pero alguno de ellos consigui\u00f3 revolearla al c\u00f3rner.<\/em><\/p>\n<p><em>Era la \u00faltima. P\u00e9rez ya miraba de reojo su mu\u00f1eca, con ganas de terminarlo. Fuimos todos a buscar el centro. Lo m\u00edo era un acto simb\u00f3lico. Si me hubiese ca\u00eddo a m\u00ed hubiera sido incapaz de cabecear con punter\u00eda. Al arco me defend\u00eda, pero afuera era una tabla con patas. El centro lo tir\u00f3 de nuevo N\u00e1poli, pero esta vez le sali\u00f3 m\u00e1s pasado y m\u00e1s abierto, y baj\u00f3 casi en el v\u00e9rtice del \u00e1rea. Vos estabas de espaldas al arco. El sol ya se hab\u00eda ido, y no se ve\u00eda bien ni la cancha ni la pelota. Mientras estuvo alta, donde el aire todav\u00eda era m\u00e1s claro, la vi pasar encima m\u00edo sin esperanza. Cuando te lleg\u00f3 a vos, supongo que deb\u00eda ser poco m\u00e1s que una sombra sibilante.<\/em><\/p>\n<p><em>Parece mentira c\u00f3mo todos estos a\u00f1os lo tuve olvidado, porque mientras avanzo en el recuerdo los detalles se me agolpan con una vigencia pasmosa. Porque fue justo ah\u00ed, mientras yo pensaba sonamos, pas\u00f3 de largo, ahora la revienta alguno de ellos y P\u00e9rez lo termina, fue ah\u00ed que el milagro concluy\u00f3 su ciclo legendario. La camiseta con el cinco en la espalda, las piernas volando acompasadas, la izquierda en alto, despu\u00e9s la derecha, la chilena lanzada en el vac\u00edo, y la sombra blanquecina cambiando el rumbo, torciendo la historia para siempre, viajando y silbando en una par\u00e1bola misteriosa, sobrevolando cabezas incr\u00e9dulas, sorteando con lo justo el manotazo de un arquero horrorizado en la certidumbre de que la bola lo sobraba, de que ca\u00eda para siempre contra una red vencida por el resto de la eternidad, de que era uno a uno y a cobrar. Y nada m\u00e1s en el recuerdo, porque ya con eso era demasiado, apenas un vestigio de energ\u00eda para salir corriendo, para treparse al alambrado, para tirarse al piso a llorar de la alegr\u00eda, para encontrarme con vos en un abrazo mudo y sollozante, para que el gordo N\u00e1poli resucitara la c\u00e1mara y las fotos para el insectario, y los gestos obscenos, y el grito multiplicado en cien gargantas, y el tumulto feliz en el mediocampo, y la vuelta ol\u00edmpica lejos del lateral para librarnos de los gargajos.<\/em><\/p>\n<p><em>Ayer a la nochecita, con esa cara de loco y ese pu\u00f1o arrug\u00e1ndome la ropa, me hiciste retroceder veinte a\u00f1os, a cuando vos ten\u00edas quince y yo diecis\u00e9is, a tu fe ciega y al exacto punto de tu chilena legendaria, heroica, repentina, capaz de torcer los rumbos sellados del destino. Ni vos ni yo tuvimos, ayer, ganas de hablar de aquello. Pero yo sab\u00eda que vos sab\u00edas que ambos est\u00e1bamos pensando en lo mismo, recordando lo mismo, confiando en lo mismo. Y nos pusimos a llorar abrazados como dos minas. Y moqueamos un buen rato, hasta que me empujaste y te dejaste caer en la cama, y me dijiste dej\u00e1me solo, and\u00e1 con los dem\u00e1s que van a preocuparse. Y yo te hice caso, porque en la penumbra de la pieza te vi los ojos, llenos de bronca y de rencor, llenos de una furia ciega. Y me qued\u00e9 tranquilo.<\/em><\/p>\n<p><em>La noche me la pas\u00e9 en la capilla de la cl\u00ednica, rezando y cabeceando de sue\u00f1o pero sin darme por vencido. Reci\u00e9n cuando te llevaron al quir\u00f3fano me fui hasta la cafeter\u00eda a tomar un caf\u00e9 con leche con medialunas. Me la llev\u00e9 a Anita, que estaba hecha un trapo, pobrecita. L\u00f3gicamente no le dije nada de lo de anoche, porque pens\u00e9 que con el batuque que deb\u00eda tener ahora en el balero me iba a sacar rajando si empezaba a desempolvar historias antiguas. A los dem\u00e1s tampoco les dije nada. Los dej\u00e9 que volvieran con su velorio port\u00e1til, esta vez improvisado en la sala de espera del quir\u00f3fano, a dejar pasar las horas, a consolarla a Anita y a los chicos, a murmurar ensayos de resignaci\u00f3n y de entereza.<\/em><\/p>\n<p><em>Ni siquiera dije nada cuando sali\u00f3 Rivas hecho una tromba, cuando la agarr\u00f3 a Anita del brazo y ella lo escuch\u00f3 llorando pero maravillada, agradecida, incr\u00e9dula, ni cuando \u00e9l habl\u00f3 y gesticul\u00f3 y dej\u00f3 que se le desordenara el pelo engominado, ni cuando la voz entr\u00f3 a correr entre los presentes, ni cuando empezaron a o\u00edrse exclamaciones contenidas y risitas t\u00edmidas buscando otras risas c\u00f3mplices para animarse a tronar en carcajadas y gritos de j\u00fabilo, ni cuando Anita me lo trajo a Rivas para que lo oyera de sus labios.<\/em><\/p>\n<p><em>Ah\u00ed tampoco dije nada, aunque llor\u00e9 de lo lindo. Yo lloraba de emoci\u00f3n, es claro. Pero no de sorpresa. No con la sorpresa todav\u00eda descre\u00edda, todav\u00eda tensa y desconfiada de Jos\u00e9, de Mirta, de los chicos, de la propia Anita. Yo tambi\u00e9n, en su lugar, hubiese estado sorprendido. Para ellos este milagro es el primero. Al fin y al cabo, ellos no vivieron aquel partido de epopeya. Y no le dieron la vuelta ol\u00edmpica al Estudiantil en cancha de ellos, con el gol tuyo de chilena.<\/em><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El relato de esta semana corresponde al escritor argentino Eduardo Sacheri. En \u00e9l, un enfermo terminal y su hermano recuerdan con una simple mirada un hecho de sus infancias, que marca un paralelismo con el presente. &nbsp; Ayer a Anita se la llevaron un rato largo a firmar un mont\u00f3n de papeles. 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