Onopko, alas de Aeroflot, de Francisco Correal.

El 11 de febrero de 1996 el Real Oviedo jugó en el Villamarín en partido de la jornada 26 del Campeonato de Liga de Primera División, encuentro que concluyó con victoria verdiblanca 2-1 con tantos de Pier y Alexis para lo locales y Losada para los visitantes.
En el Oviedo se alineó Viktor Onopko, el centrocampista ruso que había llegado al equipo en diciembre de 1995, aunque realmente el club astur lo fichó en julio de 1995 desde el Spartak de Moscú. Una intromisión del Atlético de Madrid de Jesús Gil complicó su fichaje, que tuvo que ser dirimido por la FIFA, quien falló a favor del club oviedista en diciembre, por lo que entonces se incorporó al equipo que dirigía Ivan Brzic.
A la actuación de Onopko, en el cuarto partido en que se alineaba con el Real Oviedo de los 7 años que allí estuvo, le dedicó este artículo el periodista Francisco Correal en su sección Marcaje al hombre en Diario 16 Andalucía.
Hoy con el fin de la guerra fría y los avances de la perestroika, ser ruso es solo una excentricidad para los chechenos y para los nostálgicos recalcitrantes de Fuerza Nueva. Si Viktor Onopko parecía ayer venir de otro planeta, no era por pertenecer a unos confines que la política internacional ya ha asimilado, con banda sonora de doctor Zhivago y libreto de Boris Pasternak, que también tuvo que jugar en el exilio el partido de su vida literaria. Evangelizado ayer hace una semana por la mediación de San Mamés y ayer por la presencia de unas monjas asturianas, las más lanzadas en el panorama conventual, ora en el fútbol, ora en él gregoriano, este centrocampista de avanzada calvicie ha jugado cuatro partidos en 7 días y solo le faltó saltar al Benito Villamarín con las recomendaciones de vuelo de Aeroflot.
Se incorporó la víspera a la expedición, ya que tuvo que disputar dos partidos con la selección rusa en La Valetta, capital de Malta. No llegó en El tren del infierno, ese expreso cinematográfico llevado a la pantalla por su compatriota Alexander Konchalovski, hermano del laureado Nikita Mijailhov. Se bajó justo del avión con el tiempo justo de familiarizarse con las palabras de precepto dominical: Betis, Sevilla, Stosic.
Viene de una de las mejores canteras del fútbol continental, la moscovita, que no deja de suministrar futbolistas a los principales equipos europeos. Renunció a seguir la estela de su club, el Spartak de Moscú, en la Liga de Campeones, un equipo que supera en coeficiente de resultados a Juventus, Ajax y Borussia de Dortmund, un fútbol escasamente atractivo desde que la realidad, mal que le pese a Julio Anguita, borró las fronteras entre el capitalismo y el comunismo. El fútbol es un deporte colectivo cuyos intereses creados lo alejan de los presupuestos colectivistas.
Onopko se encontró con dos problemas de peso para recalar en el Oviedo: Jesús Gil y su suegra (la de Onopko). La UEFA medió para callar al primero; la sidra de Cangas de Onís se encargó de persuadir a la segunda. Las instancias del fútbol comunitario perdieron el “caso Bosman” y para resarcirse de la derrota Jurídica ganaron el caso onopko. Éste se convirtió en banderín desganche de los esclavos liderados por Michael Laudrup. Esclavo al servicio de 2 señores junto la ley y el dinero, que es la ley de leyes, la que reina sin necesidad de gobernar.
Esa sensación de extrañeza, de no saber realmente qué tierra pisa, qué colores defiende, deben hacer más dolorosas las patadas, más agrias las disputas. Onopko era ayer un soñador en el sentido más literal de la palabra: un centrocampista con muchas horas de vuelo y pocas horas de sueño.
Eso se tradujo en una singular concepción del partido como un martirologio. Onopko se limitaba a repartir el juego, a meter sus poderosísimas piernas, a robar balones a los creadores béticos—Stosic y Alexis–sin que la polémica que rodeó su fichaje se viera corroborada por un derroche de facultades.
Lo pasó mal en el partido. Sobre todo, al final. Le sentó fatal que el árbitro viera falta suya lo que él interpretó como acción punible de un defensa bético. Aplaudió con sorna al colegiado García Rodríguez, cuarto árbitro erigido en juez de la contienda, y al término del encuentro le lanzó el balón de mala con despectivo ademán.
Tuvo sus más y sus menos con algunos futbolistas del Betis, especialmente con Stosic y con Pier. El primero fue cazado por el ruso mediante un patadón innecesario y merecedor de la roja directa. En cuanto a Pier, fue sabiamente relevado por Serra Ferrer para poner fin a una tangana que tuvo su génesis en un remate de cabeza del ruso al centro de Jerkan del que aquel salió mal parado.
Eugenio Prieto, presidente Del Oviedo, es un especialista en fichajes difíciles. Nada le detiene y le da igual adentrarse en el laberinto de fronteras de la antigua Yugoslavia para traerse a Jokanovic, que recibir un chaparrón de dicterios eslavos para conseguir el visto bueno de Onopko. Prieto ya puede presumir de kremlinólogo y tiene en Vetusta su particular Casa Rusia. Su agenda de futbolistas es un catálogo a prueba de espías y ojeadores.
El Oviedo va girando en torno a la indudable sapiencia de este futbolista que ha demostrado sus cualidades con el Spartak y con la selección rusa. Un halcón maltés que disputa su Liga particular en la zona media de la tabla, en un laberinto de hoteles y aeropuertos, de ciudades ignotas y defensas rivales que se olvidan de diplomacias y protocolos para superar el juego centrífugo de este calvo precoz.
Los rusos sustituyen la pasión por el cabreo. Para Onopko, un partido es casi una apuesta científica con una objetivación de causas y efectos. Le hace falta una Regenta que metafóricamente lo baje de la mitra y de los aviones. Que lo implique en las penas y las alegrías de su equipo. Ayer hizo un buen trabajo como agente de tráfico. Ve el fútbol muy bien, abre espacios. Le falta poner un poco de revolución, esa palabra que los rusos convirtieron en patente.
