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Alberto Tenorio, o el Betis en carne viva, de Manolo Rodríguez

Alberto Tenorio

Por aquí han desfilado jugadores, directivos, entrenadores, aficionados, técnicos y un sinfín de personajes relacionados con el Real Betis Balompié y su historia. Quien viene hoy es todo eso y mucho más, en palabras del autor del relato «es el Betis mismo».

Nuestro personaje, Alberto Tenorio, vino al mundo nada más y nada menos que en el campo del Patronato. Hijo de un jugador bético de los años 20 y 30, Antonio Tenorio, allí se crió y al estadio de la Exposición se trasladó cuando el Betis lo arrendó en 1936.

Su padre, tras dejar el fútbol en activo en 1932, pasó a trabajar en el cuidado y mantenimiento del terreno de juego, además de otros trabajos como el cobro de las cuotas a los socios. En ese ambiente bético creció Alberto Tenorio, quien toda su vida laboral la desarrolló en el Betis, primero como utillero de los equipos de cantera desde los años 50, y posteriormente del primer equipo, cuando sustituyó en ese puesto a otro mito de la historia verdiblanca, como fue Adolfito.

El 24 de enero de 1988 Manolo Rodríguez dedicó en ABC este reportaje a Alberto Tenorio.

 

Sobre el Betis se han escrito muchas definiciones. Desde aquella de Rienzi en la que se decía “que el Betis es lo más sevillano que hay en Sevilla”, hasta esa maravillosa sentencia de Martínez de León en la que reunía las penalidades verdiblancas afirmando que “el Betis siempre había sido alanceado, pero nunca muerto”.  Todas esas cosas se han escrito sobre el espíritu del Betis.

Pero lo que debe saber la gente es que esas palabras tuvieron por detrás hombres de carne y hueso, capaces de elevar ese sentimiento y de justificar que se puede vivir por una idea hecha fútbol. Y entre esos hombres, con muchos otros, está una saga que lleva al Betis en las entrañas. La saga de los Tenorio. Una familia que cada mañana tuvo un amanecer verdiblanco, y que, por tanto, fue luchadora en tiempos de conquista y centinela en los momentos de felicidad. Una casta que no tiene necesidad de sentir el Betis, porque es el Betis mismo.

Y a esa casta pertenece Alberto Tenorio. Algunos pensarán que sólo es el utillero del Betis, pero se equivocan. Alberto Tenorio representa muchas cosas más. Es un espejo donde asomarse y ver al Betis de los misterios, al Betis campeón y al Betis desahuciado, al equipo de las grandezas y al equipo de las miserias. Tenorio es un trozo de Betis que se pasea por el estadio, y que se refugia en los pliegues del vestuario para estar cerca de los símbolos, siempre verdiblancos, que hay que preservar de los peligros cotidianos. Un contador de historias que siempre empiezan en la R de Real, y que terminan en la E de Balompié.

Porque Alberto Tenorio, por si faltaba algo, nació en el campo del Betis. No en el Villamarín del presente, sino en el Patronato, junto a la yerba donde los verdiblancos ganaron la única Liga que atesoran en sus vitrinas. Allí, en mitad del corazón del beticismo, vio la luz.

Su padre, el primero de los Tenorio, había sido un defensa de categoría en el Betis de los orígenes, y en la década de los treinta estaba oficiando como encargado del campo. Ese fue el principio. Su infancia más infancia transcurrió entre las cuatro paredes donde entrenaban los ídolos, y por eso Alberto, utilizando la terminología de aquella época, se resiste a definir como El Patronato lo que él llamaba “Frontón Betis Tennis Club”. Ese era el verdadero nombre del estadio verdiblanco, “el Frontón estaba donde ahora se encuentran los talleres de los coches del Ayuntamiento, y allí era impresionante ver a la mujer de nuestro jugador Saro, que era la mejor pelotari de toda Sevilla”.

El Patronato, o el Frontón, dura hasta el 36. Días antes del estallido de la guerra, el Betis alquila el estadio de la Exposición, el actual Heliópolis, e inmediatamente comienzan las tareas de la mudanza. Alberto recuerda aquellas tardes en que se andaba la Palmera, acompañado por su perra Flora, y tiene ante sus ojos, como casi si fuera ayer, la vivienda de Antonio y de la señora Caridad, los conserjes que el Ayuntamiento estableció en el estadio, “y que se portaron con nosotros estupendamente, quitándonos todo el hambre que podían”.

Al nuevo campo se entraba por lo que hoy sería Gol Sur, y allí desahogaba sus tertulias de chaval con algunos amigos como ese Muñoz, que era el encargado del material deportivo, y que años más tarde tuvo una hermana que fue bailarina de Antonio.

Desatada la guerra, los tanques italianos que tomaron Málaga utilizaron el césped de Heliópolis como cuartel general. “Aquellos muchachos eran buena gente, y nosotros,  los chavales, comprábamos plátanos en las fruterías cercanas y después se los revendíamos a los italianos diciéndoles que eran bananas”.

Aquella ingenuidad infantil no fue, sin embargo, la constante de la guerra. España se llenó de muerte, y en el terreno deportivo el Betis recibió heridas muy considerables. Tras los vaivenes de los primeros años de la paz, el equipo verdiblanco se hundió en Tercera en 1947.    

Concretamente un 13 de abril quedó certificado un descenso que para cualquier otro equipo hubiera sido sinónimo de fallecimiento. Pero no para el Betis. Esos días en que “eramos menos que nada”, un puñado de locos luchaba desde las trincheras. Y entre ellos Alberto Tenorio. Ya incluso quedaban lejos aquellos momentos de la segunda en la que Alberto Tenorio recuerda su admiración por Inchausti, y por una pareja de amigos que se iban a Heliópolis por las mañanas a coger ranas. Eran Castillo y Antúnez. Dos defensas de raza, sobre todo el segundo, del que dice Tenorio que “si hubiera seguido en el Betis habría sido el mejor central del mundo”.

Pero la historia, entonces, era dura por encima de las ilusiones. El Betis malvive en Tercera, y solo se mantienen a flote gracias al tesón de hombres como “Juan Nadal, Evaristo Cortés, Alfonso Jaramillo, Juan Petralanda y, sobre todo, Pascual Aparicio, que fue siempre el caballo de oro que encontró el Betis en los momentos difíciles”. A estos próceres que recuerda Alberto Tenorio les acompañaron, sin duda, muchos otros que lucharon hasta la extenuación por mantener viva la idea, aún cuando la tarea fue tan prosaica como “tener que andar buscando a unos y a otros para poder pagar los diez duros que costaba mover el rulo del campo, que era una pequeña apisonadora que pesaba ochocientos setenta y cinco kilos y de la que tenían que tirar cuatro personas”.

En esos años de travesía del desierto, Alberto Tenorio recuerda a muchos patriarcas, pero reconoce que “el beticismo estaba como indefenso, como temeroso del futuro, como no sabiendo qué hacer para salir del atasco”. Y entonces, según su punto de vista, llega el hombre providencial, al que admira por encima de todas las cosas, a su auténtico ídolo…

  • Sí, entonces llega Míster Valera, nuestro Pepe Valera, un hombre de oro, que ejerce una disciplina deportiva como antes no se había conocido, que desarrolla la cantera, que estudia como zafarnos del yugo del eterno rival, que coloca entrenadores en sitios estratégicos, que planifica la sociedad, en fin, que lo cambia todo

A Alberto Tenorio se le sale el corazón por la boca cuando habla de Pepe Valera: “Mister Valera reunía a todos los técnicos que estaban a sus órdenes, conocía a todos los futbolistas, pedía imaginación para tener a base de amor propio lo que otros podían tener con dinero. Y eso comenzó a dar sus frutos, eso resucitó al Betis. Y fue el final, pero también el principio”.

  • ¿El principio de qué, Alberto?
  • De una nueva época, ya que enseguida llegó a la presidencia del club otro bético imponente, don Manuel Ruiz, de Coria, que dio por el Betis su vida. Ese hombre quería al Betis más que a su familia, que ya es querer. Don Manuel Ruiz y Mister Valera levantaron el orgullo de los béticos y dejaron escrito un camino de honradez en el que lo único importante era la bandera del Betis. Lo demás siempre podía esperar

Dice Alberto Tenorio que Manuel Ruiz tuvo la grandeza de confiar en los béticos que merecían la pena. En Valera, en su padre, en Adolfito, en Andrés Aranda, en la raíz eterna que ya arrancara en el Patronato. Todos juntos, con el apoyo inestimable del general Sáenz de Buruaga, “el primero de otros muchos militares que empieza a ayudar al Betis después de muchos años”, consiguen el ascenso a Segunda, y le entregan el testigo a un gallego que se convirtió al beticismo en Sevilla. Se llamaba Benito Villamarín y fue el motor del definitivo cambio del Betis.

  • Don Benito tenía una enorme personalidad, sabía exactamente lo que quería y fue una pena que lo llevara el mal que se lo llevó, porque si no hubiera sido más grande que el Cid Campeador

Los tiempos de Villamarín ya eran otros, “ya teníamos dinero”, y se podían hacer las cosas con más desahogo. Era la herencia del “valerismo” hecha realidad. La clave del retorno a Primera División y, sobre todo, de aquel triunfo histórico en Nervión el día que se inauguró el coliseo…

  • Aquel día nosotros habíamos ganado el partido antes de jugar contra el eterno rival. El partido lo había ganado durante veinte años la afición del Betis. Llegar allí y ver que había veinte mil béticos en las gradas ya era un triunfo, el triunfo de la fe y del cariño a unos colores. Después, sobre el campo, también fuimos superiores, pero conste que el mérito fundamental fue el de haber sido capaces de presentarnos allí después de lo que habíamos pasado

De ese 21 de septiembre del 58 tiene Alberto Tenorio recuerdos imborrables. Desde la alegría de la caseta al juego espléndido de Ríos y Del Sol, pasando por la fiesta de los gitanos de Triana cuando ya la tarde era noche. Fue el final del éxodo, el tiempo nuevo, el regate más impresionante que jamás se le ha dado a la lógica. A eso siguieron años de ir y venir, más arriba o más abajo, pero ya con otro talante.

Desde el 68 anduvo Tenorio con los baúles del equipo, y en el 77 presenció en Madrid la hazaña de la Copa Grande. Un partido “que teníamos que ganar porque éramos mejores que el Bilbao”, y del que refiere una anécdota que merece la pena

  • Los de la Federación nos habían dicho que el Betis tenía que vestir de verde, pero yo no estaba conforme. Estábamos discutiendo cuando, de pronto, entró en la caseta Felipe González. Se organizó un revuelo que duró un cuarto de hora, y yo aproveché para darle a los jugadores la camiseta de rayas, con la que tenía que jugar el Betis un partido tan importante

Siempre de verdiblanco. Como el propio Betis. Así es el talante de Alberto Tenorio, ese que camina en silencio por los pasillos de Heliópolis, ese que levanta el cartón cuando el Betis hace un cambio. Ese que algunos creen que es el utillero, sin saber que, en realidad, es un testigo de que el Betis existe.      

 

 

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