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Mazinho, el turbo de Almusafes, de Francisco Correal

El 3 de marzo de 1996 el Betis derrotó 3-0 al Valencia en el Villamarín en la jornada 29 del Campeonato de Liga de Primera División.

Ese día Lorenzo Serra cambió el sistema táctico habitual del 4-4-2 por un rombo en el centro del campo que sorprendió al equipo valencianista que dirigía Luis Aragonés, que ese día no estuvo en el banquillo por sanción y vio el encuentro desde el palco del Villamarín, siendo José Manuel Rielo quien ocupase el banco ché. El cambio dio un magnífico resultado, con una clara victoria con 3 tantos de Juan Sabas que enganchaban de nuevo al Betis en la lucha por los puestos europeos. 

En el equipo valencianista, cuajado de figuras, destacaba la de Mazinho, el mediocampista brasileño campeón del mundo, que ese día no brilló sobre el césped de Heliópolis y al que al día siguiente el periodista Francisco Correal dedicó su Marcaje al Hombre en las páginas de Diario 16 Andalucía.   

Que tuvo un mal día es lo más suave que se puede decir al mundialista Mazinho. Parecía estar en el campo por encima del bien y del mal, pero le seguía sutilmente los pasos a un futbolista que sólo se ha acercado a los Mundiales desde la óptica televisiva del tresillo y el tinto de verano.

Pero Juan Sabas, su escurridiza presa, terminó siendo el héroe de la jornada, el autor de los tres goles del partido. Encajados, para más inri, por un portero como Zubizarreta que si por Javier Clemente fuera acudiría a los Mundiales con los cincuenta cumplidos.

Luce elegancia, viste tronío y sabe conducir la pelota. Mazinho, cuyo verdadero nombre es Iomar do Nascimento, ha jugado en algunos de los mejores equipos del planeta: Vasco de Gama, Palmeiras, Fiorentina. Es campeón del mundo, lo fue sin pena ni gloria en la final de Estados Unidos cuando Taffarel le detuvo el penalti a Franco Baresi. Da la sensación de que entre Mazinho y algunos compañeros de selección—Bebeto, Romario—existía la misma falla, no precisamente valenciana, que separa a su actual equipo del póker de aspirantes españoles al título liguero.

Tiene maneras de buen futbolista, mima la pelota, casi la acaricia como los futurólogos con la bola de cristal. Pero parece que le falta un paso para llegar a verdadera figura, ese hilillo casi imperceptible que separa a los reformistas de los revolucionarios, la diferencia entre el creador y el que simplemente se recrea.

Superó con buena nota un reto psicológico: asumir la marcha del banquillo valencianista de su valedor, compatriota y seleccionador Carlos Alberto Parreira. A los futbolistas, le pasó también a Redondo con Jorge Valdano, les abandona el padre natural y se tienen que encariñar con el padre adoptivo. Aunque a veces tenga aire saturnal de comerse a sus hijos, como es padrazo que es Luis Aragonés.

Las estadísticas, como el algodón, no engañan. El Valencia, reputado como uno de los grandes, es en realidad uno de los medianos. Ha ganado muchos partidos fuera de su casa, pero siempre frente a equipos que luchan por evitar el descenso y la promoción. Al revés que Robin de los Bosques y Hélder Cámara, este Valencia es fuerte con los débiles y débil con los fuertes.

Línea por línea, en el Valencia conviven tres velocidades, tres ritmos que sincronizados multiplican los efectos letales del equipo. Mazinho, Fernando y Mijatovic son los encargados de convertir la samba en charleston. Son los encargados de fabricar un fórmula uno en una imaginaria factoría de Almusafes, concesionario de la firma automovilística americana que aparece en las camisetas de los futbolistas. Ayer les salió un vehículo mitad tractor mitad paquidermo. Tiene razón Rielo: estos futbolistas necesitan un plan Renove.

Ayer estaban quemados—cansados, decía Rielo—ninots de ellos mismos. Alfonso le quebró la cintura a Mazinho a las primeras de cambio, un tipo de regate que debe figurar con asterisco en el libro de la Tauromaquia de Pepe Hillo. Cometió dos faltas casi seguidas sobre Juan Sabas, la segunda de las cuales le valió una tarjeta amarilla.

Pese a la derrota, debió pasárselo bien porque al final se despidió de casi todo el mundo. De Alexis, el capitán, de Sabas, su pesadilla, de Pier, de Olías, de Josete. Y del trío arbitral.

En su cómputo particular, empató a faltas con el Betis: las dos que le hizo a Sabas las compensó con las que recibió de Cañas y de Alexis. Es una prueba fehaciente de una obviedad: todos los brasileños saben jugar al fútbol. Hasta Viola, que pasaba por allí.    

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