Un padre y su hijo acuden al partido. (Foto: Cordopolis.es)

Un padre y su hijo acuden al partido. (Foto: Cordopolis.es)

«¡Malditos horarios! ¡Así no se puede llevar al niño al estadio!«. Esto es lo que muchos padres relatan cada  fin de semana en muchos lugares de España gracias a los mandamases del fútbol nacional y la venta de sus derechos audiovisuales a las compañías televisivas. Está claro por todos que en el mes de Agosto, en Andalucía, el clima no permite poner un partido a las 5 de la tarde y que, un Lunes a las 10 de la noche, los niños están ya apunto de acostarse y descansar para el siguiente día de colegio; pero me gustaría hacer una observación sobre por qué a veces me alegro de que los niños no puedan ir al estadio: Llamadme loco pero no me gusta que un niño considere normal lo que se llega a ver y escuchar en las gradas.

Hay multitud de ejemplos que puedo enumerar para exponer mi animadversión ante el ambiente que se vive en las gradas. Uno de ellos es el simpático canturreo que se produce en los estadios cada vez que el portero rival se dispone a coger carrerilla para sacar desde portería. Es asombroso la facilidad con la que se contagia entre aficionados la frase «eeeeeeeeeeeeee… Ca**ón!». No es raro tampoco escuchar insultos e improperios hacia los árbitros cuando éstos fallan en sus decisiones y donde la afición, enfurecida y respaldada por el anonimato, se acuerda de su madre para descalificarla y así amedrentar la imparcialidad del trencilla. Todo eso, amigos, lo escuchan y ven los niños que acuden al estadio.

Banderas fascistas se mezclan con bufandas de fútbol entre aficionados. (Foto: sareantifaxista.blogspot.com)

Banderas fascistas se mezclan con bufandas de fútbol entre aficionados. (Foto: sareantifaxista.blogspot.com)

Peor aún es oir desde la grada cánticos donde se mofan de jugadores que fallecieron como Puerta o Juanito y ver lanzamientos de objetos como botellas de agua, mecheros, cabezas de cochinillo o incluso cuchillos caseros llegando a alcanzar a jugadores que tienen que ser rápidamente atendidos. Y ni que decir tiene, es reprobable todos esos actos racistas donde se imita un primate cada vez que participa en la jugada un jugador de raza negra o ver banderas anticonstitucionales que se ondean buscando el fin ideológico y político. Todo esto hace que sienta temor por la manera en que puede considerarse un deporte como el fútbol a ojos de un ser que aprende todo lo que ve y escucha.

El fútbol debería verse como un deporte donde existen valores como la colaboración en equipo, el apoyo en masa ante fracasos deportivos y nunca como una excusa para evadirse del estrés y pagarlo ante futbolistas, entrenadores, árbitros y demás. Para ello, quizás los medios deberían hacerse mirar los términos que emplean en sus crónicas deportivas o en las previas de sus diarios. Algunas frases hechas como «Batalla campal entre equipos», «se juegan la vida en este partido» o «ir a muerte a por el partido» potencian la imagen bélica de un deporte que no deja de ser eso mismo, un deporte.

Dicho todo esto, y ante la posibilidad de que se me considere como una especie de puritano futbolero, quiero acabar deseando que todas estas cosas, o la mayoría de ellas, sea reprochada en vez de jaleada. Más fútbol, más afición y menos violencia.