De un tiempo a esta parte en un intento de reinventar el fútbol una y otra vez, se ha ido acuñando con cierta vehemencia el término «falso 9» como algo nuevo y diferente. Un argumento utilizado especialmente por equipos con un afán casi obsesivo por el toque y el fútbol combinativo.

¿En que consiste la teoría del falso nueve? Básicamente es jugar sin delantero, sin ese ariete clásico que fija a los centrales y espera el gol dentro del área. La parte positiva de esta forma de ver el fútbol, siempre con la teoría por delante, es la movilidad. Ese falso nueve, que habitualmente suele ocupar sobre el campo un mediapunta con cierta llegada, habilidad y mucho movimiento sin balón, ayudaría a despistar a los centrales, sin una referencia fija a la que marcar, y favorecer la llegada de los jugadores de segunda línea, apoyando las combinaciones para llegar al área a base de toque.

Sin embargo, esta es solo la teoría. No vamos a decir que no funcione, pues sería faltar claramente a la verdad. Es un recurso que la selección española utilizó en la última Eurocopa y en la Copa Confederaciones, quedando en una campeona y en otra finalista. Sin embargo, aunque aumenta las posibilidades de combinar, también se pierde en finalización. Pierdes ese futbolista que siempre ha estado con el gol entre ceja y ceja, esos jugadores cuya especialidad es aquello que te hace ganar los partidos, el gol. Por eso, esta táctica que utiliza al falso nueve solo es parcialmente efectiva si el equipo que la realiza tiene mucha calidad o futbolistas de segunda línea con mucho gol… Aunque ni siquiera eso te asegura nada.

Mario Götze de falso nueve fue una de las últimas probaturas de Joachim Löw Foto: uefa.com

Mario Götze de falso nueve fue una de las últimas probaturas de Joachim Löw
Foto: uefa.com

Y es que España, una de las selecciones que como decimos, más ha utilizado esta táctica, e incluso consiguió ganar la Eurocopa entre críticas por ello. Después de ganar el Mundial de Sudáfrica gracias al acierto goleador de precisamente, un delantero centro caído a banda como era David Villa, el aficionado no vio con buenos ojos el cambio en el ataque para que ocupase su puesto Cesc Fabregas durante la Eurocopa de Ucrania y Polonia. Y es que Cesc ayuda en la creación, es un centrocampista con mucho gol, pero no un finalizador y muchas jugadas o terminaban en un pase que no encontraba rematador o sencillamente intentaban penetrar hasta cruzar la línea de fondo pasando el balón. Un sistema que mostró sus carencias en el partido inicial ante Italia o en semifinales ante Portugal. Haciendo que el seleccionador español optase por Fernando Torres ante Irlanda o en la final ante Italia, terminando ambos con goleada por 4-0.

El último ejemplo de la utilización del falso nueve lo vimos hace unos días en el Alemania 2-2 Camerún. Joachim Löw optó por poner a Götze de falso nueve y Alemania creó varias ocasiones, como no podría ser de otra manera. Sin embargo el gol se le negó. Su fútbol se estancó a pesar del mucho talento que tenía en ataque con Özil-Müller-Reus por detrás del mediapunta del Bayern y se echó en falta ese finalizador que pusiera el punto final a las jugadas. En la segunda mitad saltó al campo Schürrle, y el panorama cambió. A pesar de no ser tampoco un ariete de la vieja escuela o un nueve puro, fijó a los centrales cameruneses, les dio batalla y lo agradecieron los hombres de segunda línea (especialmente Podolski y Müller) que empezaron a llegar con cierta facilidad, más allá del decepcionante juego alemán que no pudo con la selección africana.

En definitiva, y en opinión de quién escribe, el falso nueve es un invento. Un sistema creado para equipos con bastante calidad que probablemente encontrarían los mismos caminos o incluso más con un finalizador. No parece una reinvención del fútbol, sino una oportunidad de aumentar el juego combinativo, de conseguir esos goles que a veces parecen más propios de fútbol sala y que transmiten esa sensación de calidad en el juego colectivo, pero también parece la causa de perder potencial en ataque. Un sistema que sufre ante la intensidad del rival o ante equipos bien cerrados, aunque precisamente se viene usando para todo lo contrario. Incapaz de romper una defensa si las líneas están juntas, no favorecen el juego por los costados al no tener grandes finalizadores y en muchas ocasiones acaban generando un efecto embudo perjudicial para tu propio equipo.

Este Mundial nos sacará de dudas si seleccionadores como Vicente del Bosque o Joachim Löw insisten en esta idea, pero en opinión de un servidor, sus equipos serían más peligrosos con la figura del delantero. Y es que a veces no es tan bueno cambiarlo todo, y menos lo que lleva funcionando más de un centenar de años.